Comencé a leer cuando tenía cuatro años. Mis padres, ambos educadores, me mostraban como una niña fenómeno que sabía leer los titulares de prensa y aún no estaba en primer grado.
Mis primeros libros fueron los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo de Luis Eduardo Egui, luego mi papá me regaló el libro de "Sandokán, el Tigre de la Malasia", pero yo quería más.
Tendría unos diez años cuando por primera vez leí a Oscar Wilde y sus "cuentos para niños", entre los que estaba El Ruiseñor y la Rosa y El hombre de Hojalata. A ese libro le hicieron compañía otros tres libracos de cuentos europeos como El Pájaro Azul, El Señor del país del Edelweiss y El Hilo Mágico.
Esas fueron mis primeras lecturas.
Luego entré en lecturas literarias más profundas. Ernesto Sábato, Manuel Díaz Rodríguez, Gabriel García Márquez, Jorge Isaac, todos lecturas obligatorias de la secundaria, pero para ese entonces ya yo tenía otra visión de la literatura.
Comencé a escribir historias a los doce años. Se me ocurrió narrarme a mí misma la historia loca de mi relación preadolescente con un chico que ni caso me hacía.
Tenía además un diario en el que contaba con lujo de detalles todo lo que me ocurría en el colegio y todas mis peripecias en un lugar que yo consideraba un infierno.
Pero fue a los catorce años cuando se me ocurrió escribir una historia de verdad. Ficción. Siempre tuve una imaginación muy prolífica. Imaginaba que era otra persona, creaba personajes, situaciones, etcétera y no fue sino hasta esa edad que decidí llevar mis imaginaciones al papel.
Un buen día tomé lápiz y papel, literalmente, y arranqué; la historia comenzaba así "Era una tarde de un día cualquiera, cuando el hombre alto, elegante…" y desde allí no pude parar de escribir.
Normalmente lo hacía en las noches, cuando nadie me veía y sobre todo era cuando mi inspiración estaba al máximo, me escondía porque sabía que si alguien descubría mis escritos se burlarían de mí.
Años más tarde descubrí otros escritores, Victoria Holt, Stephen King; mis favoritos, Morris West, Daphne Du Murier, Emily Brontë, nada suficientemente latinoamericano como para identificarme con mi idiosincrasia.
Estudié periodismo porque quería escribir, al fin y al cabo, es lo único que sé hacer bien, pero me cansé de contar historias cotidianas en un periódico de tercera.
Que si a un barrio le faltaban los servicios públicos, que si los políticos decían cada día una mentira nueva, que si un hombre mató a su mujer y luego se suicidó, que si atracaron un banco. ¡BASTA!.
Ahora estoy desempleada y extraño mi trabajo, pero me entretengo con mis personajes de ficción. Ya llevo ocho historias escritas, no muy originales, pero las adoro. Es como parir un hijo, se quiere y se le deja ser como debe ser.
Mis personajes los veo como hologramas, formas transparentes que hablan, se mueven en escenarios igual de transparentes pero con colores translúcidos, mi imaginación no tiene fin. Por eso siempre he dicho que Dios me dotó de una gran creatividad.
Me pregunto si los demás escritores que existen en esta nave espacial que es la tierra también ven a sus personajes de la misma forma. Para mí, son personas que si quisieran podrían colocar su mano sobre mi cabeza y acariciarme como a un perrito y a la vez decir con sus indistintas voces, "hey, nos hiciste bien", eso sí, no me darían una galletita para perros.
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